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EL FRUTO

Writer: Victoria
Victoria
6 minutes ago
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Después de un tiempo sin escribir, hoy vuelvo con una pregunta que quisiera dejar sobre la mesa: cuando decimos que «el fruto habla por sí solo», ¿de qué fruto estamos hablando?

Muchas personas han llegado a creer que dar fruto significa tener éxito en la vida: comprar una casa, estrenar un carro, ver crecer un negocio o que todo empiece a salir bien. Y a veces, cuando decimos que «el fruto habla por sí solo», reforzamos esa idea sin darnos cuenta. Pero el éxito no es evidencia del fruto del Espíritu Santo. Ese fruto se reconoce en el amor, la paz, la paciencia y en lo que Dios va formando en nuestro carácter, incluso cuando las cosas no salen como esperábamos.

Porque ¿qué pasa con la persona que ora y todavía espera? ¿Con quien ama a Dios y está atravesando una pérdida? ¿Con quien procura hacer lo correcto, pero sigue viviendo una temporada difícil?

¿Acaso su vida no está dando fruto?

Creo que necesitamos revisar lo que estamos llamando fruto.

En Gálatas, Pablo describe el fruto del Espíritu con estas palabras: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». No menciona posesiones, reconocimiento ni una vida libre de dificultades. Habla de cualidades que se expresan en nuestra manera de vivir y de tratar a los demás. Gálatas 5:22–23.

Comprar una casa puede ser motivo de gratitud. Alcanzar una meta puede traer alegría. Podemos celebrar esas cosas. Pero ninguna de ellas, por sí sola, nos dice cuánto amor, paciencia o bondad está creciendo en una persona.

Hay un fruto que se hace visible cuando todavía no ha cambiado la situación.

Se manifiesta cuando tienes motivos para responder con dureza y aprendes a hablar con mansedumbre. Cuando la espera se alarga y vas cultivando paciencia. Cuando podrías aprovecharte de alguien y eliges actuar con bondad. Cuando sientes el impulso de herir, pero haces una pausa y decides cómo responder.

Y sí: también se manifiesta en la paz que Dios puede darnos en medio de lo que aún no entendemos.

Jesús dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy». Al hablar de ella, la distinguió de la paz que ofrece el mundo. Esa promesa nos invita a buscar en Él algo más profundo que el alivio de tener todas las circunstancias a nuestro favor. Juan 14:27.

Quiero detenerme aquí, porque tampoco quisiera convertir la paz en otra exigencia con la que nos juzguemos.

Tener fe no significa que nunca vas a llorar, sentir miedo o necesitar ayuda. Atravesar un día de angustia no demuestra que Dios esté ausente de tu vida. El fruto crece; hay procesos, aprendizaje y momentos en los que necesitamos que alguien nos acompañe.

Podemos llevarle a Dios nuestras preguntas sin fingir que todo está bien.

Por eso, antes de mirar la vida de alguien y decidir cuánto fruto tiene, quizá debamos dejar de contar sus logros y prestar más atención a cómo ama. A cómo trata a quienes no pueden ofrecerle nada. A cómo responde cuando las cosas no salen a su manera.

Y hacernos esas mismas preguntas sobre nuestra propia vida.

¿Estoy aprendiendo a amar? ¿Estoy siendo más paciente? ¿Hay lugar para la bondad en mis decisiones? ¿Estoy permitiendo que Dios trabaje en mi carácter mientras espero que cambien mis circunstancias?

El éxito material no es una medida del fruto del Espíritu. La paz forma parte de ese fruto, junto con el amor y las demás cualidades que Dios cultiva en nosotros.

Tal vez hoy no tengas una nueva adquisición que mostrar ni una gran noticia que anunciar. Tal vez todavía estés esperando una respuesta.

Aun ahí puede estar creciendo algo valioso.

Tu vida puede estar dando fruto antes de que tengas un logro que contar.


 
 
 

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