PARA SER REY HAY QUE APRENDER A SERVIR

¿Alguna vez le has preguntado a Dios por qué te tiene en un lugar que no entiendes? A mí me pasó, y hoy quiero contarte un poco de lo que aprendí.
Cuando vine a los Estados Unidos empecé a trabajar como mesera de banquetes. Llegó un momento en el que me sentía muy abrumada por el trabajo y le pregunté a Dios por qué me había puesto a trabajar en esto. En medio de esa pregunta, Él me hizo entender algo que hasta el día de hoy recuerdo: para ser rey hay que servir.
Quizás tú lees esa frase y piensas que es algo sencillo, pero para mí cambió la manera de ver lo que estaba haciendo. Desde ese momento mi actitud hacia el servicio empezó a cambiar, y eso me ayudó a crecer en muchos aspectos de mi vida, incluso a tener una mejor posición dentro de la misma compañía.
Hoy puedo reconocer que mi cambio de actitud tuvo mucho que ver con ese proceso. Porque podemos estar en un lugar pidiéndole a Dios que cambie nuestra situación y, al mismo tiempo, necesitar que Él nos enseñe cómo vivirla.
Muchas veces queremos avanzar, tener más responsabilidades o que nos den una oportunidad, pero ¿cómo estamos respondiendo a lo que tenemos hoy? ¿Cómo tratamos a las personas? ¿Qué pasa con nuestra disposición cuando estamos haciendo algo que nos cuesta?
Leyendo la Biblia podemos encontrar la historia de David. Cuando Samuel llegó a la casa de su padre para ungir al futuro rey, David estaba cuidando las ovejas. Lo tuvieron que mandar a buscar. Me llama la atención pensar que, mientras estaba haciendo su trabajo de todos los días, había algo más pasando que él todavía no conocía. 1 Samuel 16:11-13.
Y después de ser ungido, David todavía tuvo que esperar y servir. Entró al servicio de Saúl y tocaba el arpa para aliviarlo cuando estaba atormentado. Antes de ocupar el lugar de rey, estuvo atendiendo las necesidades de alguien más. 1 Samuel 16:21-23.
A veces leemos estas historias muy rápido porque ya sabemos cómo terminan. Sabemos que David llegó a ser rey, pero él tuvo que vivir cada parte del proceso sin tener todas las respuestas que hoy tenemos nosotras al leerlo.
¿Y cuántas veces nos cuesta eso? Confiar mientras seguimos trabajando, mientras seguimos aprendiendo, mientras todavía no sabemos qué viene después.
Cuando pienso en David, puedo ver una enseñanza para mi propia vida: aprender a cuidar y a responder por lo que tenemos en nuestras manos también puede prepararnos para responsabilidades mayores. En mi caso, esa enseñanza llegó mientras trabajaba como mesera.
Pero hay un ejemplo que me hace pensar todavía más en el valor de servir, y es Jesús.
En Juan 13 vemos que Jesús se levantó de la cena, tomó una toalla y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Él era su Señor y Maestro, y aun así se inclinó para atenderlos. Después les enseñó que ellos también debían hacer lo mismo unos por otros. Juan 13:3-15.
Si Jesús podía servir de esa manera, ¿por qué a veces a nosotros nos cuesta tanto? ¿Por qué llegamos a pensar que ciertas tareas nos hacen menos importantes?
Servir no le quitó autoridad a Jesús. Al verlo, podemos entender cómo se ejerce la autoridad con amor y humildad.
Marcos 10:43 dice: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor». Jesús nos enseña que la forma en que cuidamos de los demás tiene mucho que ver con lo que significa ser grande. Marcos 10:42-45.
Y aquí quiero volver a algo de lo que hablamos en el blog anterior: el fruto.
Te cuento que pude avanzar dentro de la compañía porque eso forma parte de mi testimonio. Pero también quiero que recordemos que un ascenso no es la medida de lo que Dios está haciendo en una persona. Podemos aprender a servir, ser más pacientes y tratar mejor a los demás aun cuando nuestra posición siga siendo la misma.
En mi historia, el cambio de actitud comenzó antes de llegar a una mejor posición. Y creo que esa es la parte que más quiero compartir contigo.
Querida amiga, quizás hoy te sientes abrumada por tu trabajo o estás viviendo una etapa que no entiendes. Puedes hablar con Dios de eso. Puedes decirle que estás cansada, que tienes preguntas y que necesitas dirección. Yo también tuve que hacerlo.
También podemos pedirle que nos ayude a ver cómo estamos respondiendo. Si estamos escuchando, si estamos siendo amables, si estamos dispuestas a aprender. Son cosas que parecen pequeñas, pero tienen mucho que ver con la manera en que vivimos y con lo que reciben de nosotras las personas que tenemos cerca.
Hoy, cuando recuerdo aquel trabajo, también recuerdo lo que Dios me enseñó allí. Una pregunta que hice desde el cansancio terminó cambiando mi forma de ver el servicio.
Para ser rey hay que servir. Y si algún día llegamos a tener una posición en la que nos corresponda dirigir, que no se nos olvide lo que aprendimos cuando nos tocaba recibir instrucciones. Que podamos tratar con paciencia a quien está empezando y con respeto a quien está haciendo el trabajo que un día hicimos nosotras.
Que nuestra oración de esta semana sea pedirle a Dios un corazón dispuesto para servir, humildad para aprender y sabiduría para crecer sin olvidarnos de los demás.
Con amor,
Victoria



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